Abolir la violencia


En los últimos tiempos se ha instalado en gran parte de la sociedad la imperiosa necesidad de abolir la violencia; al frente de esta cruzada se ven a las madres defendiendo sus propios bastiones recién conquistados como género excluido y como solo productoras de progenies, las acompañan algunos hombres sensibles y otros comprometidos hasta cierta medida, pero con sus reservas que ocultan muy bien. Las instituciones de modo elástico apoyan dentro de sus intereses y las organizaciones que dicen defender los derechos del ser humano y sus distintas maneras de expresar la fe hacen de esto cartel, pegatina y sermón obligado.  A este puchero no faltan los especuladores y aprovechados de siempre que sacan su tajada diaria a coste del tema y figuran hoy en esta, como podrían estarlo apoyando la reivindicación de los derechos de la gallina ponedora a tener calefacción los días fríos, no importa el hecho la cuestión es estar.  



Mucho me temo que sea otra ola de esas que la moda de los arranques de coraje del ser humano medio y mediocre nos tienen acostumbrados; hoy puede ser la violencia, mañana lo puede ser el abuso de internet o la comida de McDonald, ayer lo fue el aborto y los personajes con sus cinco minutos de gloria, de alguna manera ganada, sea mala o buena la obra hecha.
Es que vamos demasiado de prisa y no nos detenemos en nada lo suficiente como para profundizar y meditar; entonces las cosas van quedando allí, flotando en una especie de limbo, sin terminar, sin ser conceptualizadas, sin ser rechazadas o aceptadas plenamente, solo una vuelta de boca y ya pasan al estómago para ser digeridas lo más rápido posible que pronto llega el próximo bocado. 
Las ansias nos comen, el fast knowledge o conocimiento rápido al igual que la fast food que engullimos de pié y sin preguntarnos que es o como está hecha, solo comemos por la necesidad y el ansia.  De igual modo las preocupaciones respecto al entorno mediato las tomamos con la misma ligereza, no queremos quedarnos atrás, no queremos estar desinformados y ante esta nueva posibilidad que nos abre la tecnología de la red, donde podemos encontrar las noticias y los comentarios de las noticias casi al mismo momento en que son escritos, nos volvemos cazadores de información para colgarlas en la red social con la avidez de competir por quién tiene el último acontecimiento y el comentario más atinado al respecto.
Todo hace a esa necesidad de la rapidez del cotilleo jamás abandonada y que mantiene la liviandad del tratamiento por encima del debate serio y concienzudo.
Y la violencia ha entrado en ese círculo de manipuleo ligero; y como es  de comprender cuando la masa dictamina no siempre tiene razones claras y abolir la violencia es una utopía de las más grandes.

¿Porqué una utopía?  
Desde el mismo momento en que llegamos a este mundo, el acto violento está presente como una necesidad dentro de las actitudes humanas;  es el parto quizás la acción de mayor violencia a la que se ve sometida la persona y sin embargo la aceptamos como una dulce y hermosa realización. Adornamos con flores y mimos, con palabras suaves, con ropas algodonosas y cojines confortables, un momento de desgarro de carnes, de rotura de arterias y venas, se arranca la placenta, se corta el cordón umbilical, se hace respirar aire a una criatura que estaba respirando hasta hace un instante líquido, se infringe dolor para que demuestre que es capaz de seguir vivo en este nuevo ambiente y de allí en más no pararan las acciones violentas en su vida hasta que muera; y lo último que haremos será enterrarle echando sobre sí, un par de metros cúbicos de tierra o le incineraremos sin más.
El ser humano lleva en su seno a la ira como inicio de la acción y la violencia como parte de la resultante de dicha acción; reprimir la ira, anular o abolir la violencia es un despropósito que va en contra de la naturaleza del ser humano.
Considero que lo que se debe hacer es no cargar sobre el resultado de la acción o sobre los sentimientos del ser humano, sino que se debe buscar en otros lugares donde realmente se deban modificar actitudes que no son naturales, sino adquiridas como lo puede ser el  descontrol  en lo material o en la manía de protagonismo o en la necesidad de manipular y someter a otras personas. Estas actitudes no son naturales y se adquieren por traumas y desvíos por las experiencias vividas y generalmente son las verdaderas desencadenantes de los dramas que tienen a los actos violentos como protagonistas. Pero ocultos tras este escenario se refugian los auténticos actores, esos que jamás se ven juzgados.  
Sin el ánimo de posicionarme en la defensa de un criminal absolutamente declarado, pongamos un solo caso un tanto hipotético; el de un hombre sexagenario que mata a su mujer, también sexagenaria  de un hachazo y luego obnubilado, tambaleante y confuso se dirige al bar del pueblo y se bebe dos cervezas mientras espera que la policía le detenga, en su mano aún lleva el hacha con rastros de sangre.
Es sin dudas un acto de violencia de género, como se lo llama o de violencia familiar, como os guste más. La comunidad juzgará el acto, dirá que veía a los abuelos como gente común,  que hacían sus compras, que llevaban mucho tiempo en el poblado, que conocían a todos y que ella hacía unas rosquillas que eran una delicia. No se explicarán lo sucedido, es sorpresivo. No se imaginaban a un hombre de apariencia tan buena, fuese a hacer  tan tremendo desastre familiar.
Por lo bajo se harán conjeturas de las más variadas; que él estaba con locura senil, que ella sufría una enfermedad terminal y él no quiso verla sufrir, que él se había enamorado de una niña de 15 años, que ella le ponía los cuernos con el de la farmacia, que había una herencia de por medio, que se peleaban por los hijos, en fin para dar motivos e inventarlos hay una lista muy larga.
Pero nadie buscará a conciencia la verdad para que lo ocurrido quede libre de cualquier duda y aclarado para siempre, será mejor atizar el fuego de la violencia de género, que el machismo se pone de nuevo de manifiesto, que el hombre no soporta que la mujer haya ascendido de lugar en mundo, que le haya quitado prestigio y estrellato, que de allí se sucedan tan tremendos hechos.
¿Y si la verdad de muchos de estos casos no fuesen violencia de género?
¿Y si fuesen otras las causas de llegar al estado de ira que desencadena la violencia?  ¿Porqué decir que debemos abolir la violencia cuando puede haber ciento de causas que son los detonantes para que una persona monte en ira y termine teniendo un acto violento? ¿No deberíamos ocuparnos de esas causas y no de la violencia?
Creo que englobar a los hechos actuales en hechos violentos es un acto de cobardía del ser humano. Cobarde al no querer adentrarse en su propio ser e indagar porqué llega a eso.
No es al resultado al que debemos juzgar, sino a quién lo inició; allí está el verdadero culpable.
Si dejamos de lado las ansias de juzgar antes que nadie, si profundizamos en nuestros juicios y sobre todo si nos acostumbramos a meditar sobre lo que hacemos y decimos, no tengo dudas que hasta estos hechos se verán reducidos.  Y es que nunca estamos solos cuando actuamos y deberíamos darnos cuenta de esto.

Por último, el abuelo del pueblo que mato de un hachazo a su mujer. El hecho ocurrió así: estaban los dos recogiendo y cortando leña, ella colocaba el tocón y él lo cortaba con el hacha. En un momento de distracción, él creyó que ya estaba el leño colocado y ella agachada se ufanaba en colocarlo bien interponiendo su cuerpo entre el hacha y el tronco. La vejez, la falta de coordinación, los reflejos que no son los mismos hicieron el resto. Él murió poco después de pena.
No juzguemos tan ligeramente.

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