Con la hoja en blanco y el estomago malo.


Nota ligera

Dicen que no se puede escribir o pintar con el estomago malo, vacío o demasiado lleno.
Parece ser que  parte de las energías que gastamos en abundancia en el sistema gástrico cuando estas condiciones se dan, desequilibran más que otras carencias o excesos de nuestro organismo.

Es posible imaginar, recomponer imágenes, fabular y reacomodar tanto letras como colores si tienes el sistema en orden, o si está motivado por algún agente externo.


No tengo deseos de colocarme con algo, fumar un porro o beberme el bar completo, pero mi estómago e intestinos son un concierto de los músicos más desafinados del mundo y no porque suenen, sino porque no terminan de acomodarse en sus asientos y colocar sus instrumentos. Tal es la sensación; la de tener una pequeña revolución francesa con el rey corriendo por las tripas y el humo de las hogueras populares ahogándome la garganta.

La mente para este entonces solo hace observar  y se recluye en su ostracismo más natural, en la nuez del cráneo, sola, ciega, sorda y muda, deja que el tiempo pase y la cosa se solucione por sí o por la santa intervención de la Inteligencia, otra que hasta ahora no hace su entrada en escena.
Para este acto, no hay motivación para escribir, solo agudezas que no lograrían punzar ni la delicada piel de un mosquito y sí, deja por sentado que el título de escritor es demasiado, siendo mucho más acertado aquel que adopte con los primeros tiempos, el de: Acomodador de Letras.
Me resulta más cómodo y además cuando no estoy en vena eludo con mayor facilidad el peso de la erudición del escritor que desde el vamos suena a algo demasiado serio.
Escribir es una tarea muy intensa, aunque muchos la tomen a la ligera y otros la ignoren, todos la necesitan a diario pues gracias a esta tarea se educaron y lo hacen sus hijos, se informan y lo seguirán haciendo sus hijos, se comunican y lo seguirán haciendo sus hijos, se escribirán sus historias, y sí, también las de sus hijos tal como pensaban.
Pero decía que es una tarea intensa que no solo es sentarse frente a algo en blanco, que fue un trozo de arcilla y piedra, luego de metal, le siguió el cuero finamente curtido, el papel y ahora la pantalla del ordenador, que es como volver a escribir sobre las tablillas de piedra. Esa intensidad de la que quiero hablar ahora está más allá de estar sentado frente a la cosa en blanco, porque debe haber algo que contar, que expresar transformándolo en letras las que acomodadas darán un código o palabra que todos comprenderán y reirán, llorarán, se encogerán de hombros, olvidaran y gracias a la tecnología no utilizaran en el lavabo porque las pantallas no se arrugan como el papel aún.

Es necesario haber vivido una experiencia y haberla retenido con minuciosa claridad, de modo de poder sacar la mayor cantidad de expresiones y significados para poder compararlos, fusionarlos, enredarlos, acoplarlos, contraponerlos, especularlos, con la historia que se quiere contar; de modo que resulte rica, atrayente, sugestiva, sensitiva, recordable, que despierte todas las sensaciones posibles en el lector.
Si no has vivido intensamente algo, será imposible intentar escribir sobre cualquier cosa. Hasta para relatar cómo es la receta de cocina de tu abuela, es necesario que hayas pasado por una buena experiencia que haya dejado huella en ti, es así, no hay más.
Y aquí estoy, sin más con mi organismo en pleno desequilibrio de sus chakras, con sus energías dadas vueltas y me imagino que sacando lo que debe estar dentro y metiendo lo que debe estar fuera, un caos.
Pero aunque no lo parezca esto también es una experiencia y sirve para mi baúl de cosas para escribir. Allí guardo lo que después puedo sacar para hilvanar en una historia, que son prendas personales, pero que luego colocadas y diseminadas correctamente entre el resto de lo que se quiere relatar, hacen que todo tome cuerpo; porque no hay mejor historia que aquella donde se puede agregar  el ingrediente propio que le da vida y perspectiva a lo relatado. Por ejemplo es posible que se puedan unir en una sola escritura la receta de la abuela de los calabacines rellenos con el disgusto que le tengo al uso de la corbata, aditamento del vestido masculino que le encuentro ridículo e innecesario; simplemente en este ejemplo se reúne la vida junto a mi abuela, los recuerdos de los domingos, el sabor de sus calabacines y el maldito uso de la corbata para ir de visitas, que era los domingos después de misa; otra cosa que detesto. 

He jurado no volver a hacerlo, porque he cedido y lo he repetido, pero parece que ha sido más fuerte la contraparte y otras cuestiones menores, pero espero poder mantener el juramento y no volver a exponer a mis hijos a la rutinaria, tremendamente castrante, aburrida en lo exagerado, molesto para quienes son los anfitriones y para los invitados, la tediosa visita dominguera obligatoria a la casa de los tíos lejanos, los tíos abuelos, los parientes esos que son viejos de mente y que los niños no pueden soportar ni ellos soportan a los niños.
Me pregunto, ¿para qué se hace? Alguien me dijo: “para mantener la familia unida”, pero ellos no quieren a la familia porque están muy bien solos y tienen ya formado su círculo y de sus parientes se enteran a la distancia y con eso es suficiente, no le es necesario la pegajosa mesa con los fideos pringosos con carne, los calabacines rellenos, el vino tinto caliente, el café, el postre lleno de cremas y rebosante de azucares que enloquece al perro que ladra hasta quedarse afónico, el chupito de cognac con el patriarca repantingado en el sofá-trono que seguro será parte de su ataúd, el televisor que se encenderá para decir sutilmente que la fiesta se acabó y todos vestidos ridículamente regresando a casa, habiendo perdido el día, cuando podríamos haber ido a remontar un cometa o restregarnos el culo en la hierba, mojarnos los pies en al agua o molestar a la gente inventando alguna guarrada. 

Es que la vida hay que vivirla intensamente para poder contarla en algún momento, de eso estoy seguro.  Por ello me gustan cuatro líneas del Canto I del Hávamál de la mitología nórdica de hace unos 1200 años atrás que dice:
Aquel solamente que lejos viajó
Y por muchos lugares anduvo
Calarles sabe el talante a los hombres
Aguda la mente tiene


Es interesante, se sabe de siempre que el que anda y observa, el que vive con intensidad, adquiere la capacidad de comprender mejor las cosas del ser humano y de la naturaleza; como dice la última línea: aguda la mente tiene.
Y eso es lo que el escritor o acomodador de letras usa para hacer que una hoja en blanco, deje de serlo y transmita una idea, un concepto, una fórmula y por sobre todo una creencia; porque siempre el escritor pondrá de sí su creencia, dejará que destile lo que para él es cierto, sea esto la justicia, el honor, el amor, el sacrificio, tentación, etc. Dejará su huella como lo hará el pintor y el músico. Allí estarán las claves del Universo plasmadas, ocultas para el común de las personas, pero reveladas para ellos y expuestas para que no se diga que se lo guardaron, allí estarán y dirán por lo bajo de oído en oído: "el que quiera entender que entienda, pero la verdad está allí".
Querido lector quiero agradecerte que estés a estas alturas leyendo, porque gracias a esto , mi estomago y demás órganos han recobrado su estabilidad y escribiendo o acomodando las letras, he ido modificando mi malestar encontrando mi camino nuevamente, comprendiendo lo que soy y reafirmando lo que hago. Gracias.


Entradas populares de este blog

OCLOCRACIA O EL PODER DEL VULGO ESTÚPIDO.

Parábola del Ermitaño

Nunca te fíes de la apariencia

La soledad del Águila

Los que se fueron.

Revelaciones

¿HAY TODAVÍA ESCRITORES? (ensayo narrado)