Bronca, solo eso....




400 niños muertos y la sangre de no sé cuantos hombres padres y mujeres madres reclamando desde la aridez de la tierra arrasada por la metralla y el fuego del cañón.
Una bandera hecha girones que se mueve con el viento que corre por la calle semidesierta entre pedazos de casas que un día estuvieron habitadas por gritos de alegrías, por alabanzas a otro dios, por balbuceos de un recién nacido, por los rezos de los viejos que ya no están.
Piedras salpicadas de sangre de cien razas comulgando en una orgía digna de huestes infernales y bacanales inimaginables, amontonadas a los restos metálicos de lo que ha sido la maquinaria de guerra, oxidándose bajo el sol.



Ese mismo sol, en la misma hora, con el mismo mar azul único, en la otra orilla como hermanando miserias otros niños con sus padres y madres juegan con un cometa y una pelota multicolor, bronceándose en las playas de la costa mediterránea, alegres, ajenos, despegados de la realidad del margen siguiente, en su mundo de necesidades fatuas y superficiales, corriendo con sus patinetes por el paseo marítimo, paseando sus ridículos perritos, tocadas las madres con minúsculos bañadores que resaltan curvas que existieron hace una década o varias atrás, ellos con sus tabletas o móviles pegados a la oreja atentos a un mundo virtual, de fantasía. Se sientan en una terraza con la cerveza helada en la mano y se quejan porque el camarero no es lo suficientemente rápido en atenderles, o porque el parasol no está bien ubicado; comen más de lo que les cabe en el estómago y dejan un treinta por ciento en el plato que irá a la basura, o todo el contenido porque a la niña no le gusta el marisco, o las sardinas tenían demasiado ajo, pero irán todos al mismo destino: el cubo de desperdicio.
A 4460 km en coche, unas 45 horas de viaje, a 2990 km en línea recta hacia el este, dos mundos completamente distintos habitados por el mismo ser humano, solo que uno muere en una guerra fratricida y otro vive el placer de sus vacaciones extendidas de setiembre en las costas de Catalunya.



El mismo ser humano, con las mismas características antropomórficas, con un ADN único para la especie, con el mismo sistema sanguíneo, nervioso, orgánico; todos con un corazón, más de 100.000 millones de neuronas en su cerebro, con idéntico sistema hormonal, con dos piernas, dos ojos, dos brazos, una nariz, una boca y el mismo sistema urogenital; capaz de tener las misma sensaciones pues tienen en común el mismo sistema de percepción del entorno, por lo que sudan, excretan, huelen, orinan, comen, copulan, nacen y mueren, aprenden de la misma manera y piensan de igual modo, usando las mismas herramientas.
Pero unos están muriendo en una guerra y los otros ni siquiera lo tienen en cuenta.
En este mismo momento, un disidente al gobierno de Bashar al Assad descarga su fusil contra un grupo de personas y entre ellos muere un niño, mientras en la mesa número 6 del restaurante, la niña de una pareja ha tenido un berrinche porque no le gustan los macarrones con queso y quiere un helado; la madre aparta el plato y pide el postre para su hija.
Dos realidades, ninguno es culpable de haber nacido en uno u otro lugar, pero es tal vez malo darse cuenta y no saber qué hacer. 



El Kybalión nos dice que todo es igual, tanto arriba como abajo y es la segunda ley, la de La Correspondencia; también nos dice en la cuarta ley, que los opuestos son idénticos en naturaleza, que los semejantes y los antagónicos son lo mismo, que todo tiene dos polos; esta es la ley de La Polaridad en la que toda paradoja es reconciliable.
Es posible que comprendiendo esto pueda entender al ser humano y perdonarle.
Pero aún estoy en el proceso de comprender las leyes de Hermes, mientras tanto mi corazón se hace un nudo con mi garganta y las pasiones pugnan por salir.
No deseo que todo sea placer, ni que por el contrario sea displacer, solo que este último no nos lleve a matarnos los unos a los otros.
Solo eso.
Pero un solo deseo no hace que la realidad cambie, que unos y otros comprendan que viven en las costas del mismo mar, que los alumbra el mismo sol, que no es necesario que nadie sufra, ni que nadie ostente una inocencia y desinterés que no debe haber.
Casi sin dudas que los hechos se precipitarán, que los fuertes del mundo se echarán sobre los divididos y enfrentados habitantes de medio oriente; los muertos sumarán miles o millones y la piel de pocos se sonrojará con la vergüenza ajena.



Casi sin dudas que parte de la economía se recuperará tras este u otro magnicidio y tendremos más vacaciones el año que viene.
Parece que nadie puede frenar al animal degenerado que el ser humano porta en su cerebro-corazón.
Regresaré a la lectura del Kybalión o a otras más antiguas buscando respuestas que alivien las heridas que siento en mi cuerpo.
Me voy volviendo viejo y cada día que pasa te quiero menos, ser humano. Y es que te has apartado tanto que ya no te reconozco.
Regresa, aún estás a tiempo…..





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