La incomprensible guerra diaria.


En esta era de lo instantáneo, inmediato, inminente, urgente, donde lo imprescindible se mezcla con lo perentorio y lo accesorio, nos encontramos en un medio que hemos creado como hostil.
Salimos de nuestros hogares preparados, alistados para la guerra diaria, no hay paz en nuestros corazones ni tranquilidad en nuestras mentes, todo es un torbellino que nos engulle y transporta a un escenario bélico.
En lo laboral, el miedo a perder es permanente y contra ello batallamos. En nuestras relaciones, el ego hace su campo de marte para librar contiendas por prevalecer, agradar, conquistar al otro.
En el desplazamiento queremos estar siempre en la “pole position”, sea ante un semáforo que nos detiene, una curva que tomamos, o un camino que deseamos tener libre por delante; ser primero es una necesidad de todo el que conduce, incluso lo sabemos hacer caminando, rebasamos a los rezagados y en ocasiones hasta hay un gesto de desagrado por la supuesta lentitud de los que nosotros caminan.
Si tomamos un bus u otro tipo de transporte, vamos con la mente, más rápido que el vehículo y queremos estar antes en nuestra parada, aunque esta sea para ir a tomar un café y decir que nos relajamos.
En nuestro hogar y familia deseamos ser los mejores amantes, los perfectos padres o abuelos, los que mejor sostienen la economía y los más capacitados para dar consejos y corregir a los menores.
Si vamos de compras el miedo al ridículo y el ego que nos impulsa a estar agradables a la vista de los otros, nos imprime la velocidad del comprador compulsivo, aunque no lo seamos. Todo cuanto se nos ofrece con la publicidad engañosa (porque siempre engaña), debemos comprar, por más inútil que nos resulte cuando lo llevamos a nuestra casa y terminamos colocándolo en el lugar de lo No Útil.
En la escuela de nuestros niños, nos aplicamos para que ellos sean los mejores, transfiriendo de ese modo la prevalencia sobre el resto de la clase. Exigimos que sus notas sean las mejores, así como padres queremos el éxito y triunfo propio también lo hacemos con los hijos. Ellos deben heredar esa condición de guerreros en busca de la victoria diaria.
 Y así podría seguir enumerando situaciones en que tomamos la vida como una permanente contienda con el medio. Pero ese medio somos nosotros mismos los que le hemos concebido, son las reglas que hemos conciliado como aceptables. Al fin luchamos contra lo que hemos establecido.



Realmente es una lid sin sentido.
Para que estemos preparados física y mentalmente, decimos que estamos sanos. Sin embargo ese estado de sanidad es solo aparente, pues nos atiborramos de energizantes, pastosos yogures para defecar, líquidos mágicos para mantener la figura, acidificantes para la buena digestión, sales para mineralizarnos, pastillas para la depresión del posible fracaso, grageas para mantener el estado de ánimo en alza, analgésicos para los dolores de cabeza producidos por el estrés, jarabes que nos protegen de los cambios de temperatura, comprimidos para descansar y dormir durante la noche, píldoras que nos enmascaran los años que tenemos porque hay que ser joven eternamente, medicamentos que nos previenen de los males en las articulaciones a pesar de estar el día con malas posturas y contracciones musculares innecesarias, lociones para la alopecia porque los calvos no son bien vistos, y así centenares de elementos que dicen nos hacen la vida más llevadera y podemos afrontar los problemas cotidianos.
Pero estamos sanos. Nos mantenemos en forma. Somos eficientes. Potenciamos las habilidades. Vivimos más tiempo, todo el tiempo necesario para que la guerra se gane algún día y nos podamos retirar a recordar los éxitos logrados y ocultar los fracasos obtenidos.
Esto garantiza que seremos felices, empastillados, ahítos de sucedáneos, cargados de pseudos energizantes, listos para hacer frente a los enemigos que nos acechan…
Y me pregunto: ¿es necesario que lleguemos al punto de tomar la vida como un desafío propio de una guerra? Y sí así fuese ¿no es una guerra fratricida, incomprensible para estos tiempos?
En realidad no hay razón que sustente el que estemos en una conflagración con nosotros y con el clima social que hemos fabricado, y solo para sobrevivir al mismo estado de enfrentamiento que generamos y mantenemos. Estamos encerrados en una esfera, pues ya ha pasado de ser un círculo vicioso para tomar dimensiones extras.
Retroceder a una posición social anterior es prácticamente imposible, solo queda deponer las armas y demostrar que somos capaces aun de reaprender a vivir, aunque esto signifique que debamos perder algo en el camino, algo como el ego, el miedo, el vértigo embriagante de la velocidad y el sentimiento de creernos superiores cuando no lo somos.

Una reeducación basada en la reflexión antes que la acción será la llave que abra el nuevo estado social que necesitamos; y poner en práctica el discernimiento entre lo urgente, lo imprescindible y lo necesario.-

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