Rótulos de colores. (Disgregaciones variadas)


Curioso, muy curioso.
Si me levanto de la silla y salgo a la calle diciendo… cosas que se me ocurren, las cuales llevan en sí mismas una parte de la verdad absoluta, los que oigan mis palabras se preguntarán y consultarán entre ellos:
-       ¿Quién es éste tío que habla y dice lo que dice?-
Seguramente nadie sabrá quién soy, mis orígenes, mi historia, ni mi nombre y apellido, se encogerán de hombros y seguirán oyendo (algunos).
Unos pocos, avisados por la tecnología, harán una fotografía con su teléfono móvil e irán a San Google a consultar si mi cara es reconocible por el sistema.
La red puede o no, reconocerme (si es que hay alguna imagen mía actualizada), pero casi seguro que no dirá nada y solo mostrará unas personas con algún rasgo en común conmigo, y eso será todo para los tecno-oyentes del dicente (decidor).
Seguiré hablando con mi voz natural (aterciopelada por cierto y ganadora de múltiples halagos), desgranando conceptos propios e inéditos, de esos que he escrito de modo subrepticio, en hojas cuadriculadas de libreta, servilletas de la mesa hogareña, trocitos de cartón del tubo del papel higiénico, papel impreso de un lado y en blanco del otro, cajetilla de tabaco (del lado interior), reverso de los tickets del supermercado, en fin, en cuanto espacio en blanco que he hallado en el momento de inspiración.
Estos son tesoros de mis meninges, elaborados bajo la ley Huxley…¿no sabéis cuál es esa ley? Pues os diré; Aldous Huxley, escritor y filósofo británico se le considera uno de los más importantes representantes del pensamiento moderno, dijo en una ocasión:
-       La experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede.-
Decía que basado en la ley Huxley, mis elucubraciones se basan en la experiencia de estar durante más de medio siglo pensando, guardando en memoria (y papeles), elaborando y concluyendo, conceptos que van apareciendo a medida que observo… sí, solo observando lo que ocurre a mi alrededor, tal como si fuese un extraño ser venido de Andrómeda o un sitio por el estilo.

Y siguiendo con la ley, a mis experiencias las utilizo para comunicar ideas, juicios, valoraciones y todo eso que sale después de sumar uno más dos (que no siempre es tres); de este modo cumplo con la ley y realizo algo con lo que me ha sucedido (tal como dice Aldous). He convertido el carbón en diamantes y de allí que les llamo mis tesoros.
Regresando al comienzo, estoy en la calle dejando mis criteriosos pensamientos y algunas personas se interesarán en ellos diciendo para sí, “Eso que dice me viene bien para la situación que estoy atravesando, seguiré escuchando”.
Mi perorata continuará hasta que uno de los asistentes al interesante acto del tío que habla sin que nadie le haya dicho que lo haga, se diferencie del resto, algo así como que un rayo de luz celestial que le ilumine y haga que sobresalga de la multitud (pensar que si dos son un dúo, tres son una multitud) y realice la inoportuna pregunta:
-       Disculpe… ¿usted es un sicólogo, un filósofo, o un licenciado? (licenciado, que posee licencia para ejercer una profesión o habilidad titulada) –
Esta buena persona, inocente de lo que acaba de hacer, ha despertado al huracán, el violento viento de la calificación titulada, la duda de enormes dimensiones, la Santa Duda (esa que tuvo el reverendo Oliver mientras daba los sacramentos a los feligreses en el año 1010 en el pueblecito de Ivorra, en Catalunya, en que dudó si Jesucristo estaba realmente en el vino que ofrecía en el sacrificio), esta perplejidad a veces insana o manipuladamente odiosa, de dar crédito a los que tienen demostrado que han asistido a una institución educativa y ha sido galardonados con el certificado calificativo de su saber (aunque no sepan nada porque se pasaron los años de estudio papando moscas).
En su derecho de indagar la seriedad otorgada mediante dicho diploma, este ser humano, ha preguntado para tomar conocimiento si debe creerme o no. Porque si soy titulado, diplomado, graduado, licenciado, egresado de una institución académica es seguro que digo la verdad.
Podría responderle que he hecho mis estudios en una universidad sobre agricultura orgánica, que me titulé en la cría de lombrices californianas, que estudié con un físico nuclear y que tengo en mi poder múltiples certificados de cursos, cursillos, seminarios y demás eventos de esta naturaleza a los que asistí y tomé debida nota de cuanto se dijo y enseñó. Esta persona quedará impresionada por mi currículo y dirá:
-       A este tío hay que creerle, está Licenciado.- y levantará el dedo índice de su mano derecha en señal de: “Y lo sabes”.
Con esta simple declaración de mi idoneidad en diversas materias, hará el milagro de asentir con la cabeza a todo cuanto declame. Se unirán más y más oyentes, porque se irán pasando la voz que aquí hay un tío “que sabe”, porque es Licenciado (en agricultura orgánica y cría de gusanos).
… la estupidez humana es ilimitada.

Un rótulo, un papel con filigranas que rodean un: “El señor Fulano de Tal ha cumplimentado los estudios de: Agricultor Orgánico especializado en Gusanos de Tierra”, es suficiente para que la valoración del diciente, orador callejero, el que se planta a declarar cosas que se le han ocurrido una noche de insomnio o tras beberse cuatro copas de buen vino (con vino de baja calidad solo babeas y dices sandeces), sea de absoluta confianza, todo lo que salga de su boca es Palabra Santa.
¿Qué valor tiene un papel con una firma y dibujitos adornando los bordes? Puedo haberlo hecho con una plantilla del Word y luego impreso en mi impresora doméstica.
Será lo mismo si me coloco una placa de plástico con la inscripción: Fulano de Tal, Ingeniero en Gusanos de Tierra, o Mengano de Tal, Médico de Gusanos de Tierra, o Zutano de Tal, Guardavidas de la Humanidad (y de gusanos de tierra) y si a este cartelito de solapas le agrego un delantal blanco (acompañado con un casco blanco si soy de los egresados técnicos, o un estetoscopio si lo soy de las ciencias médicas, o un chaleco hinchable color naranja si soy de los graduados de una ONG internacional) el resultado será aún más efectivo, ya no solo licenciado, sino que vendrán los títulos posteriores al consabido señor; será el Sr. Ingeniero, el Sr. Doctor, el Sr. ONG International… o lo que sea.
Hay uniformes que garantizan aptitud y esto es irrebatible, ves un delantal blanco con un fonendoscopio (linda palabra para la próxima visita al médico ¿me va a auscultar con el fonendoscopio? El médico saldrá corriendo a buscar en Google que es eso), digo que ves a un tío con esto y ya te aparecen todo tipo de dolores, la garganta se seca, el orín se escapa y tienes un ataque de hongos en los pies, así reaccionamos. Ante un uniforme verde oliva camuflado ya sabes que dentro hay un militar con olor a pólvora y que masca tabaco a lo Jhon Wayne. Un traje azul marino con una gorra blanca y allí habita un marinero de gala con perfume a brea y sal en la piel. Nuestros sentidos están directamente conectados con la memoria fragmentada que poseemos, y hace su trabajo enlazando lo que ve con el arquetipo que guarda de experiencias anteriores; ahora no le importa si la persona en lugar de ser médico es un maestro con guardapolvo, o si el aparente militar es el tío de la tienda de desguace de artículos de la segunda guerra mundial, que además se salvó de la mili por pie plano y jamás pisó un cuartel. Los ves y te pones a quejarte o en posición de firme, pero convencido que has visto lo que has visto.
Entonces, si hubiese salido a la calle con un uniforme de nerd recién salido de la biblioteca, con cinco lápices en el bolsillo de una camisa arrugada y blanca, con gafas de culo de botella, peinado con gomina y raya al costado, pantalones con la cintura en los sobacos y (eso sí) con la indispensable tarjeta en la solapa que dijese: Cuerpo Especial de Filósofos Aceptados Legales Especializados en Anomias (el famoso CEFALEA) cada uno de los que por allí pasaban, se hubiesen detenido a escuchar lo que un inteligentísimo tío decía SIN HACER LA MALDITA PREGUNTA, que quién era y qué título me habilitaba a dirigirme a ellos. Todos hubiesen ido a sus respectivos hogares a contar la fascinante oportunidad que habían obtenido de los cielos, al poder escuchar al mismísimo filósofo de la Cefalea, doctor honoris causa del Patíbulo Sagrado y Premio Nobilísimo dado por el Rey de Morondavia (esto seguro que lo agregarían para dar mayor espectacularidad y diferenciarse de los humildes mortales que no estaban en el momento justo y el lugar exacto en que un tío disfrazado de nerd dijo lo que dijo).

Esto somos, un hato de crédulos que nos seguimos deslumbrando ante los Rótulos que los avispados de siempre se cuelgan para ser o aparentar ser más que los demás. Y esta es la base de la utilización por sometimiento del pueblo semi-ignorante, que rinde pleitesías al que es más alto, rubio, blanco, con ojos azules, delgado y deportivo, con un uniforme (mejor con él), y con un RÖTULO puesto en la solapa, o en la frente, o en el bolsillo del pañuelo. Poco importa lo que realmente sepa, si sus dichos son plagio de los clásicos o si le robó un artículo a Marhuenda, o si le ha escrito el discurso el monje negro del Castillo de Pedralbes; lo relevante es la vestimenta y el Rótulo Habilitante.
Así vamos siguiendo la manada desorientada en que se ha convertido la sociedad humana; no reflexionamos, no meditamos, no evaluamos, no pedimos comprobante, no indagamos, no escudriñamos, nos llevan de las narices el primero que grita y está correctamente vestido para la ocasión.

Endiosamos a un rey y le vemos como el ejemplo perfecto de hombre, tan pulcro él, tan condecorado (aunque no haya ido a ninguna batalla), tan decorado con títulos y blasones, tan cubierto de esa atmósfera de glamour principesco. Igual que con sus majestades del infierno, los que ostentan altos cargos eclesiásticos, con sus capas púrpuras y de longitudes descomunales, sus tiaras de boca de pescado recién sacado de la nevera, sus báculos de oro y brillos por todos los rincones, con su séquito impertérrito que sacan la mejor expresión ácida para la ocasión y andan con paso cansino como si le doliesen los pies o tuviesen callos del tamaño de una calabaza. Les reverenciamos por el Rótulo que ellos mismos se han colgado del cuello y les tratamos de Señoría, Majestad, Excelencia, Excelentísimo, Ilustrísimo, Eminencia, Muy Ilustre Señor, Santísimo, Beatísimo, Reverendísimo, Don, etc. pero estoy seguro que si tenemos que hablar con un pobre hombre andrajoso y paupérrimo, que haya llegado a esas condiciones por las malditas condiciones de la política o la banca, que tenga su mente abierta y llena de experiencias, seguro a él no le llamaríamos Su Excelencia Señor Pobre, o Ilustrísimo Mendicante de la Parroquia del Sagrado Hígado del Señor, Muy Ilustre Señor con Andrajos… no, definitivamente no lo haríamos porque no se le puede llamar así a un mendigo, por más que este sea el mismísimo Diógenes de Sinope que hizo abandono de la sociedad y anduvo como pordiosero pero ahíto de sabiduría (esa que quisieran tener algunos políticos que no saben siquiera hablar bien en su propia lengua).
-       Pase usted Ilustre Pordiosero, su cama al lado del cajero ya le espera y que tenga buenas noches.-
-       Siéntase como en su casa Su Excelencia Señor Náufrago de la Patera.-
-       Reverendísimo Hijo de un Refugiado, tome asiento y ya le serviremos su ración de potaje.-
-       Señor Don Hambriento del África tenga la bondad de solo beber una gota de agua al día, porque no alcanza la que hay.-

Definitivamente no les trataríamos así, aunque sí lo hagamos con personajes que tienen mucho que aprender e imitar de los que menos poseen. Pura hipocresía mezclada con la aberrante manía de desear ser sometidos por alguien superior, incapaces de rebelarnos a una condición que se trae en la sangre, la de necesitar estar siempre bajo la tutela de uno que se erige en patter nostrum.
Somos esclavos de las apariencias, envidiando a los mismos que reverenciamos.
El caso sigue con que, si salgo a la calle a decir mis pensamientos conceptuales libremente, y si no exhibo un certificado de habilitación firmado por un supuesto ser más inteligente que yo, no se me dará crédito alguno. Si no llevo una placa identificadora con mi nombre y apellidos, con el agregado de la Institución a la que pertenezco y si es posible, vestido con un uniforme (saco, camisa blanca y corbata también es un uniforme y sino pregunten a un mormón), mis palabras se las llevará el viento por supuesta falta de idoneidad.  
Respondemos a rótulos de colores, y si te vistes de payaso nunca des una conferencia sobre la capacidad reproductiva de los Gusanos de Tierra porque no te tomarán en serio, ni vayas de ejecutivo a animar una fiesta de cumpleaños, porque tampoco estarán dispuestos a reírse, así de “coherentes” somos y moriremos.
Por lo tanto, mejor me quedo mascullando mis ilustrísimas reflexiones, cómodamente instalado en mi sofá, a la espera que me llegue la placa con mis datos, que he comprado por 2 euros en Amazon.



Entradas populares de este blog

La mujer como objeto sexual

La Palabra Hiriente: el Insulto

OCLOCRACIA O EL PODER DEL VULGO ESTÚPIDO.

Las enseñanzas de Epicuro

TRAMO DE CUENTO

Nunca quieto, siempre en movimiento

LOS INSULTOS (1º parte)