EL VUELO



A solo treinta y seis kilómetros del pueblo está el aeropuerto internacional.
Ha sido remodelado con esas partidas de dinero que llegan de manos sucias; lo han dejado con el aspecto necesario como para demostrar que las urgencias en materia de seguridad, que desvelan al mundo por estos días, están de alguna manera controladas. Aunque esto sea siempre una burbuja de apariencia y de guardar la basura debajo de la alfombra.
A pesar de la cercanía siempre preferí la tranquilidad del pueblo para residir, esa que me mantiene en la relación directa con la naturaleza y con los afectos más entrañables de mi infancia.
Mi profesión es la de piloto. 
Trabajo para una pequeña empresa que hace traslado de correo privado en vuelos de cabotaje.
He volado por espacio de 6 años, desde mi salida de la fuerza aérea con un grado inferior.
Y el pueblo es el puerto seguro de mis esfuerzos en cada jornada.

Muchas han sido las mañanas que, antes de salir en busca del cielo, salgo y doy una vuelta por el vecindario; manía de piloto, controlarlo todo antes de partir.
Me agrada repasar la historia de esta parte del pueblo, desde la casa de “Los que se fueron”, hasta la orilla del arroyo y los lugares de la última plaga de langostas; la vecina que sigue soltera a pesar de regar sus plantas, ajustada dentro de sus tejanos, hasta la casa del profesor de historia que supo ser un hippie y que quedó anclado en el tiempo.
Creo que tantas horas en el aire, me condiciona a tener un cable a tierra; y ese cable es mi vecindario. El de árboles retorcidos y alondras revoltosas.
El día del despegue fue normal, una mañana estable, el leve viento de cola anunciaba un vuelo tranquilo, sin novedades; a tal fin el aparato había sido revisado hasta el detalle y sabía bien que las fallas solo podían aparecer si la fortuna me era esquiva.
Las primeras horas en el aire, las pasé revisando mentalmente el plan de vuelo y las escalas previstas; también dediqué algo a un ejercicio que me habían enseñado hacía ya un tiempo, un juego para que la mente se relajara y el tiempo de vuelo no fuera tan monótono. 
En concreto era tomar una porción del pasado que recordara, lo entremezclaba con el futuro y creaba un escenario del presente que difería notablemente de la realidad, o por lo menos de la realidad que creía tener. De ambos tiempos lo importante era entonces la puesta en escena y la animación de los personajes que interactuando, dejaban una clara huella de lo que podría ocurrir si las cosas fuesen de una manera totalmente distinta. Luego recuperas los resultados, y puedes analizar con mayor subjetividad a las personas, que hayas incluido en el escenario que elegido.
El ejercicio me lo había enseñado un amigo japonés, que siempre andaba haciendo reverencias a todo lo que se le cruza.  En una ocasión le pregunte por qué tanta reverencia y me contesto con algo que hasta hoy no entiendo; me dijo:
- Porque se lo merecen.

Pero como decía, el ejercicio constaba en una previa relajación y una lenta visualización de los hechos que recordábamos más fuertemente, fuesen estos buenos o malos; luego planeábamos unos eventos posibles para un futuro no muy lejano, entonces nos situábamos en el presente y veíamos como se trazaban los caminos posibles de un destino que aún no existía, podíamos ver con la claridad de un mapa, lo que podía ocurrir. 
Hubo alguna ocasión en que ese camino quedó tan fuertemente aferrado a nosotros que, cuando bajábamos, aún nos quedaba la sensación y la duda de donde estábamos, si en la realidad que habíamos dejado atrás o en esta otra, producto de una simple especulación.

El cielo se veía en su esplendor, el sol estaba a mis espaldas ya, y el azul se intensificaba hacia delante, prometiendo una noche más, para la que aún le faltaba llegar.
Revisé los instrumentos como parte de la rutina, controlé mi visual, el radar, también como parte de lo mismo, y dejé nuevamente que mi mente vagara. Todo estaba en orden; entonces recordé que al salir de mi casa también había revisado todo, mi equipaje, mis cosas, había mirado la habitación de mis hijos, había pasado por la cocina, como queriendo poner en mi equipaje el aroma de lo que se cocinaba en la cacerola; recorrí con una breve mirada el pasto del patio, el retoño de roble que pugnaba por ser árbol rápidamente, mi perro que dormía en su perfecto estado doméstico, las sillas de descanso de hierro forjado, algunos juguetes ocasionalmente tirados. Todo casi perfecto, pensé.
Solo me molestó algo que no podía definir bien, pero talvez tenía que ver, con un anhelo propio de mi profesión, no veía el horizonte.
Todavía quedaba algo de tiempo, me senté en la antecocina, desde donde se podía observar parte del patio; mi mujer me sirvió una taza de café y como siempre, me detuve todo lo más que pude para asimilar con mi olfato, cada partícula de su aroma fundiéndose en el agua, perfumando todo y haciendo que me crecieran raíces para inmovilizar mi destino, ese perfume siempre pudo con mi imaginación y era como un susurro sensual que me invitaba a quedarme, a dejarme estar.
Mi mujer aprovechó el momento de paz y se sentó a mi frente; su conversación giró sobre sus amigas, el delantal que tenía puesto la verdulera; el supuesto romance que mantenía en secreto, a todas voces, el vecino con la separada de mitad de calle; luego vinieron las necrológicas, los nacimientos, el detalle rápido de las urgencias domésticas y el comentario infaltable, de la novedad en barrio, de la extraña desaparición de un vecino que se dedicaba a escribir.
Al fin calló.
Mi atención se desvió, una alondra estaba picoteando el pasto de una manera un tanto absurda, o me pareció.
Ella, se levantó y me preguntó si tenía todo listo, a lo que le dije que sí, que había revisado todo rutinariamente.
La alondra picoteaba el pasto y me miraba; ella me veía perfectamente y yo la observaba; sabía que si no fuera por el vidrio podría estar a mi lado. Hice una mueca y lo que paso por mi mente fue demasiado explícito, se pudo ver lo que pensaba; mi mujer se dio vuelta y echando una fugaz mirada, con su clásico humor, me preguntó que había allí que me hizo sonreír, que había acaparado la atención que debería estar prestándole a ella, al fin tenía un viaje de por medio y como siempre, no sabía cuándo me vería nuevamente. Y de allí el eterno listado de reproches.
Miré el pájaro y le contesté:
- Imaginé cual sería la escena en la cocina, si yo invitara a desayunar a una alondra a nuestra mesa, y la imagen me dio a risa, solo eso -.
Pensó en qué decir y su lengua fue un latigazo:
- Seguro que otro pájaro te espera y podrás desayunar sin rencores, y seguro que tendrá mejor conversación que la mía -.
-Sí, puede ser.-le respondí.-Puede ser que un pájaro converse de algo interesante…… …………..pero aún me gusta como preparas el café -.
Con eso di por finalizada lo que siempre solía llevar a un estado de discusión estéril y sin sentido.
Me levanté y seguí recorriendo la casa mientras hacía memoria de mi equipaje.
Saludé a los niños, a mi mujer y en el umbral al girar, pude ver la alondra levantando vuelo, calculé rápidamente su altura y me dije, ella sí puede ver el horizonte ahora.

La radio de la torre de San Antonio rompió el silencio y con su característica voz de cosa dentro de una lata, golpeada por un chino endemoniado, me informó que en mi ruta se formaba una tormenta a 3500 metros de altitud, que no presentaba columnas ascendentes y que podía subir a 5000 metros, que allí todo era paz y amor.
Hice sin tardar los ajustes necesarios, me situé a la altura deseada por la torre y observé la formación de la tormenta. No había rotación, solo nubes apuradas por un viento con la misma dirección que mi ruta.
De alguna manera entré, sin desearlo, al ejercicio del japonés mientras se deshilachaban las nubes a mi alrededor; me recordaban a esas discusiones que tenía en mi hogar, el vórtice no importaba, lo importante era lo que se juntaba a su alrededor. El tema podía ser intrascendente, pero los reproches, las malas interpretaciones, el unilateralismo, la sordera y los monólogos eran la resaca, que juntaba el viento alrededor de lo benéfica que puede ser una lluvia sobre un campo sembrado.
Dejé que la tormenta se fuese formando y retomé el análisis de la relación con mi mujer, recordando aquello que fuertemente quedaba impactando en mi memoria. De todo eso, busqué lo que no compartía e hice un listado a revisar: la diferencia de lenguaje, la distinta concepción analítica, las fuertes raíces étnicas, los contrapuestos aspectos éticos y estéticos y algo que me molestaba en sumo grado, pero que no podía definir.

De pronto mi mente se aisló.
Y el no encontrar lo que molestaba, más que angustia, creó obsesiva curiosidad, la cabina y el instrumental desaparecieron del ángulo de importancia y me convertí en un arqueólogo loco buscando el motivo de la obsesa pertenencia.
¿Qué era? ¿Qué diferencias existían? ¿Dónde se había escapado, a mi poder de análisis, el escalón que nos distanciaba?
¿Era la semántica utilizada desde dos opciones contrapuestas?
¿Era la concepción de la idea que partía desde orígenes genéticos distintos?
¿Eran las experiencias y la escuela que habíamos utilizado, cada cual por su lado, para abordarlas?
¿Eran los viajes, las tareas domésticas, los niños, el entregarse a esas tareas extenuantes, las que se habían creado por sí solas hasta convertir una babel a mi hogar?
¿O es que habíamos construido la babel con el propósito de aislarnos?
¿O habíamos elegido esa tarea hastiados, desilusionados de haber cumplidos las primeras expectativas sin más……………?

El altímetro encendió la alarma, el nivel estaba por debajo del programado, la estática hacía imposible la recepción del chino dentro de la lata de la torre de San Antonio; y aquel benévolo viento de cola, le había dado paso a una fuerte y enloquecida térmica con vientos de tres ángulos distintos que, alternadamente, embestían al aparato obligándome a corregir el rumbo ante cada ataque. ¿Cómo había llegado allí?
Enfrascado en el maldito ejercicio, del maldito japonés, metido en el maldito temporal, sin sol a mis espaldas, con instrumentos enloquecidos, cerré por un momento mis ojos y recordé lo que pensé al salir de casa: ella, la alondra puede ver el horizonte.
El instrumental dejó definitivamente de ser útil. Solo el cuadrante de las funciones básicas funcionaba con coherencia. No veía a dos palmos de mis narices, no tenía horizonte.
Mi mente en un acto desesperado de evasión, retomó el análisis de mi situación con mi esposa.

Y allí estaba la diferencia, ella no veía el horizonte.
¡Esa era la maldita diferencia!.
Mi trabajo, mi entrenamiento, mi culpa. Ella no veía el horizonte y yo sí.

Desde mi cabina tampoco veía el horizonte, no sabía a ciencia cierta donde estaba abajo y donde arriba, solo me quedaba seguir adelante, con lo que tenía, igual que ella, debía seguir con lo que tenía.

El punto ciego de la tormenta debió haber quedado a un costado, debo haber pasado cerca, ahora los vientos me hundían o me elevaban, no estaba seguro. 
La nariz del aparato abrió una brecha, el tul de las nubes se hizo más delgado, insinuante aparecían siluetas que me recordaban que no había sido hecho para volar.
Estaba demasiado bajo, levanté la nariz, reduje la velocidad aumentando el ángulo de los flaps y giré lentamente para no oponerme más de la cuenta, al viento, lo quería a mi cola.
Mi pulso empezaba a tranquilizarse, el ala izquierda rozó algo, todo se desestabilizó
Pensé en el desayuno de esa mañana. Si había podido terminar con una situación de discusión con ella, que me impedía terminar con esta situación de inestabilidad. No sé porque pensé en eso.
La toma de velocidad de la nariz del avión fue el primer contacto con la tierra.

La alondra levantó vuelo y pude ver claramente como con una sabiduría infinita, no nutrida de la experiencia humana, libada del mismo cielo, me mostró lo que tanto ansiaba ver, el horizonte.

Abrí mis alas.
Deje primero que el viento tocara cada una de mis plumas y con suavidad y un pequeño impulso planee, corrigiendo apenas el curso con el plumón del externo, mi cola en abanico me dirigió a la velocidad justa y pude volar al lado de la alondra, allí por delante estaba el horizonte que no volvería a perder. Y ahora comprendía la respuesta de mi amigo japonés:
- Porque se lo merecen –

Al fin comprendía, todo cuanto nos pasa es por lo que hemos hecho mérito. Y no hay arrepentimiento cuando haces lo justo, solo reemplazo.

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