Mi Ojo Crítico



Nada me complace, todo tiene su lado imperfecto y para desgracias mías, se vuelve increíblemente notorio ante mi ojo escrutador. 
Mi ojo es así, es parte de mi organismo y muchas veces me rebelo contra su autonomía y personalidad paralela, que desarrolla sin mi consentimiento. 
Suelo echarle las broncas que merece por su intromisión imparcial, su insolencia perturbadora y extrovertida.
Hace poco, y a modo de ejemplo, entablé una discusión por su intervención en una muestra de pintura moderna.
- A ver ojo, no es posible que continúes con este tipo de interrupciones innecesarias y arbitrarias. Sinceramente me estoy cansando de tu personalidad tan… como decirlo, tan alegremente irresponsable, eso es… alegremente irresponsable. Te da lo mismo con quién me encuentre, pase lo que pase, tú tienes una crítica que hacer. Me hartas.
- ¿Ya está? ¿Ya te has desahogado?... ¿Sí? Vale, te aclaro algo por si no lo has tomado en cuentas; este ojo es parte de tu organismo, y si tengo una personalidad que se manifiesta, es porque tú mismo me has otorgado el lugar en tu mundo.
- Yo no te he otorgado nada, y menos una posición antagónica a la mía.
- Hijo, no puedes decirme a estas alturas, que no te has regocijado en un comienzo con mis excelsas virtudes analíticas. Ibas por allí diciendo: “Tengo un ojo clínico” “No se me escapa ningún fallo” “Tengo el ojo del águila” y cosas por el estilo; que si me pongo en plan de ser sincero, eso de ojo de águila no me agrada mucho, porque ella solo ve con precisión y a la distancia, mientras que yo no solo veo como ella, sino que analizo y esa es una virtud, una extraordinaria virtud, una excelente virtud, una…
- ¡Basta! Basta ya. Voy a reconocer que he hecho gala de tu perspicacia y de tu don analítico, pero eso no te da la autoridad de sobre pasar tú ámbito y meterte en el mío. ¿Pero te has dado cuenta que interrumpes con tus críticas inoportunas?
- ¿Qué puede haber de inoportuno, si solo te digo lo que veo en el mismo momento en que se desarrolla?
- Pues es posible que yo no tenga ganas de criticar o de llamar la atención sobre algún defecto, ante la persona con quién estoy. Así de simple.
- No tan simple. Soy perspicaz, agudo, ingenioso, el cerebro me ha dado por mis méritos, una sección completa de neuronas que trabajan para mí elaborando informes, haciendo estadísticas y resolviendo dudas con la memoria.
- Muy bien, eres todo un portento. Ahora imagina que es el hígado el que se pone chulo como tú, ¿Qué he de hacer? Porque el hígado saca de su interior la bilis y te la regalo con moño y todo. ¿A que a ese no le haces frente con criticarle?
- ¿Qué no? ¡Si ya lo hago! Cada vez que se le ocurre decir algo le recuerdo sus consecuencias y solito se deshincha el muy cobarde. Tendrás que admitir que no hay ninguno como yo, y si los hay como el cerebro o el corazón, es que ellos se han ganado su lugar y no se los disputo, como ellos no lo hacen conmigo. Y puedes nombrarme los órganos que quieras, a todos les he dado la respuesta que merecían.
- ¿Y eso te da autoridad para emitir tus juicios abiertamente, sin pedir el respetuoso permiso? Allí estás equivocado, en eso metes las patas en el plato. Lleguemos a un acuerdo.
- Vale, a ver qué propones.
- Yo te consiento tus críticas y tú las haces en voz interna, que yo ya sabré en qué momento las dejo salir al aire.
- Pero si eso es lo que hacemos… elaboro mi crítica, elaboro el juicio y te lo pongo a huevo para que lo repitas.
- No necesito la última parte, que me lo pongas a huevo, deja que gestione las relaciones publicas sin tus arrebatos. Piensa que he tenido que decir que sufro del Síndrome de Tourette y que debido a esto se me escapan improperios y frases desubicadas. Observa este caso: estábamos ante el jurado de literatura, sobre el escritorio había una pila de libros, te fuiste a fijar que entre ellos había una revista pornográfica, y de inmediato tuviste que poner en mi boca la “anomalía” que observabas. El resultado fue una expulsión del certamen por bocaza. Eso no es justo amigo.
- Si a ti te parece que debes ser catalogado o analizado por un tío que de literatura solo le importan los culos y las tetas, allá tú, pero eso no lo dejo pasar. Si tienes en la mesa examinadora un gilipollas, debes denunciarlo, no callarte y hacer como que nada sucede, así eres cómplice de sus guarrerías y ese tío no puede estar juzgando nada menos que literatura.
- ¡Ah sí! ¿Y si el tío te dice que eso está dentro de la literatura universal? ¿qué le contestas? A ver… a ver, dime.
- Lo que te dije por lo bajo ese día, que el Quijote y Sancho Panza tenían un arreglo sexual; que al longilineo le tenía la cabeza comida.
- ¡Eso no lo puedo decir! ¡No seas animal! Terminemos, ese es el acuerdo, si te gusta bien, sino te callaré de un guantazo la próxima vez.
- ¡Ya salió la violencia de género!
- ¿De género? ¿Eres acaso una ojo?
- (Idiota) No, aún soy un ojo, un en masculino, para fémino está el ojete.
- ¡Anda ya hombre!
- ¡No! nada de anda ya, cuando critiqué el culo caído de la modelo que usó el pintor, no estaba equivocado; cuando dije que ese cilindro representaba el nabo del personaje, tampoco lo estaba y cuando mencioné que la pintura era una basura modernista con inclinaciones sexuales perversas, menos aún, así que cerrando la boquita.
Esta es una de las veces que nos hemos puesto a discutir, como verán no es fácil rebatirle su punto de vista (nunca mejor dicho), sus argumentos son, aunque me cueste reconocer, de una validez absoluta. Su particular don de ver lo que a otros está oculto, le hace de por sí un ejemplar para cuidarlo y sacar beneficios de su habilidad. Pero si le digo esto, no dejará de importunarme y será el eje de toda mi vida.
Imaginemos que toma el control; pues se darían situaciones muy difíciles de manejar sin caer en un permanente pozo de debate, que si lo veo, que no lo veo, un dilema que solo otro con sus mismas capacidades podría poner orden, claro que dicho dictamen estaría de su lado y jamás de parte mía.
Ahora analicen esto:
Voy una mañana a la panadería que está a cien metros de donde vivo, debo comprar una baguette y una docena de cuernitos para el desayuno. Ni bien salgo del piso tengo la siguiente observación:
- Allí hay polvo sin repasar, la limpiadora no cumple con su tarea. Hay cartas en los buzones equivocados, el cartero no está atento o no le importa lo que hace. De nuevo la limpiadora, no ha hecho su labor en la limpieza del pomo y el rectángulo que no sé cómo se denomina, de bronce y se notan todas las huellas dactilares del vecindario a más de las grasientas manos estampadas de niños y púberes poco limpios. 
Salgo a la acera y sigue:
- No han barrido por lo menos hace una semana, las hojas y porquerías se juntan debajo de los coches aparcados, hasta un profiláctico usado está pegado a una de las ruedas de una furgoneta. Ese coche debe llevar aquí al menos dos semanas, que fue cuando llovió con polvos en suspensión y lo que cayó era más barro que agua; no lo han movido, es evidente. El cartel de la tienda de la esquina está torcido y para colmos tiene un error de ortografía. Los colores de la marquesina son francamente horrorosos, no combinan con nada ni entre ellos mismos. El coche que está aparcado en la calzada delante de la panadería, tiene una luz rota y el plástico lo han pegado con una cinta de papel que con el agua se desprende, el dueño es un descuidado. Afuera de la panadería está la dependienta hablando con una amiga y dentro hay personas sin atender. ¡¡¡Señorita puede venir a atender por favor!!!
Él no para de poner en mi boca lo que ve y desea poner en orden.
- El gordo que está antes que nosotros, huele a sudor y son recién las 8 de la mañana; con el calor que hará, nadie se podrá acercar a menos de diez metros. La señora que están atendiendo no acierta con las monedas, debería usar correctamente el monedero y separar los céntimos de los de un euro, así le sería más fácil y no habría tanta demora. La dependienta está atenta a lo que se hace dentro de la panadería y no por los clientes, se suma la cola, y ella mirando como amasa el panadero nuevo las baguettes. Ese es un panadero nuevo, se lo ve nervioso y suda demasiado, yo no lo tomaría ni como aprendiz, una gota de sudor en el pan, me da asco y no compro más aquí. El viejo panadero va a su ritmo, no se le mueve un pelo, porque además es calvo, con el trabajo de la mañana, se nota que no tiene apuro por nada. La dependienta da un cambio equivocándose nuevamente con la señora de los céntimos agarrotados, la señora se pone más y más nerviosa, ya van diez minutos para un pan de campo cortado de medio kilo. Las bandejas de postres y masas tiene una mosca dando vueltas, por más que hago señales de espantarla, nadie se percata del asqueroso insecto que posa sus patas en las mercadería y antes seguro que se posó sobre la basura. Hace mucho que no limpian el techo, veo una telaraña en un rincón. 
Aun no me han atendido y falta el regreso… literalmente es imposible soportar su crítica constante, todos y cada uno de los errores, defectos o alteraciones estéticas que puede haber, lo ve y lo verbaliza en mi mente, obligándome a manifestarlo de alguna manera. 
Estoy francamente harto de él, no sé qué hacer, se lo mencionado al médico, pero solo me dio una dosis doble de tranquilizante y una orden para una consulta urgente con el psiquiatra. La cita es para dentro de una semana. Al salir me dio una recomendación que aún no sé cómo tomarla:
- Cuando le llame el psiquiatra no olvide de llevar a su ojo.
Lo miré por si veía alguna reacción y solo me enfrenté con su mirada fija.
Al tomar el ascensor escuché alguien que se reía a carcajadas y pensé:
- ¡Qué falta de profesionalidad, en un hospital reírse de esa manera tan estrepitosa y desagradable!- otra vez él, mi ojo crítico.
A los cinco días de la cita con el médico no lo aguanté más, fui al lavabo y lo saqué de su órbita, corté el nervio óptico y lo puse en un vaso con agua.
Pedí hora urgente con mi médico nuevamente. 
La señorita que da las citas me preguntó amable y considerada como siempre:
- Para qué quiere la cita. Qué le duele.- así sin entonación ni interés verdadero de lo que preguntaba.
Puse el vaso con mi ojo y le respondí:
- Me saqué el ojo y no sé qué debo hacer ahora.
Miró el vaso, me miró al ojo (el único que quedaba) y los suyos se pusieron en blanco. 
Se cayó de su silla.

Y aquí estoy relatando por qué me apunté el ojo crítico. Nadie lo comprende, pero estoy viviendo un período de paz y tranquilidad total. Poco me importa lo que hacen, dicen o dejan de decir los demás, el sentido común ha ocupado el lugar de mi jodido ojo y es él el que me dice que debo decir o no, y la vida se desenvuelve con normalidad, claro que no puedo salir de estas cuatro paredes acolchadas por unos seis meses… si es que me recupero. Los médicos me han dicho que ser crítico de arte me produjo estrés, yo sé que no fue eso, sino mi jodido ojo. 
Al que no extraño en nada, al fin el sentido común habla menos que él.
Pero presiento que he perdido mi trabajo.




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