Revelaciones



Fue una noche de espantos.
Varias veces se despertó sobresaltado y gritando, preguntado qué era eso que veía.
Su mujer le consoló diciendo que solo eran sueños malos, que se tranquilizara y pensara en cosas buenas.
Al amanecer, cansado por una noche desapacible, tomó una decisión, iría al lugar que eligiera como sagrado y se postraría ente Él para implorarle que sus pesadillas se alejaran.
Se puso en camino cuando el sol era una esperanza que teñía el cielo de una luz lejana. Llevaba lo suficiente para pasar algunas jornadas sin tener que regresar a su hogar. Su mujer lo despidió augurándole que hallaría la paz que ansiaba.
Tres horas más tarde y ante Dios, se arrodillaba pidiendo que le hablara.
Y Dios le habló.
- Permite que te muestre dos caminos, luego regresa y cuenta lo que Yo, Dios, te he mostrado para vuestra mayordomía y bien hacer.
Obediente preparó las ramas y hojas de la planta sagrada; encendió un fuego con leños del lugar, puso el recipiente con las mezclas acostumbradas y dejó que los perfumes de la savia de las plantas, le inundara los sentidos.
Cayó de espaldas y escuchó a Dios relatarle lo que vería. 
Tal cómo le dijese, dos caminos se abrían ante una muchedumbre y ellos preguntaban por cuál debían ir. Él salía de entre la multitud y les decía que Dios deseaba que tomaran el de los espinos y desecharan el de frescos árboles con frutos maduros.
Luego Dios le abrió un espejismo en un lago y le hizo ver el camino que elegiría la gente y sus consecuencias, le dijo:
- Ve y advierte a tu gente que el camino de espinos es mejor que el de cómodas sendas sombreadas.
Él vio lo que Dios le mostraba y se espantó más que con sus pesadillas. 
Enloquecido, con el alma destruida por lo que vio, deprimido por las decisiones que tomaban la gente, con un profundo pesar, apagó el fuego, esparció las cenizas de las plantas consumidas y se marchó de regreso a su hogar.
Ni bien llegó reunió a su familia, amigos y vecinos; invitó personalmente a los sacerdotes y a su líder, también al Jefe de la Comunidad. 
Cuando estuvieron todos, les habló de su visión.
La mayoría se levantó decepcionada por el mensaje divino, unos esperaron por cortesía que le Jefe de la Comunidad dijese algo, pero este también se alejó diciendo que había perdido el tiempo. Unos pocos le preguntaron sobre la veracidad de su visión, a ellos les aseguró que era cierta en todo lo que dijese.
Pero también partieron sin estar convencidos.
Él quedó solo con su familia y reflexionó sobre lo ocurrido, su corazón y el de sus allegados, se contrajo de pena.
Murió diciendo que su visión había sido verdadera, convencido del mensaje jamás lo negó, ni dudó de él.


En la habitación se revolvió dando gritos mientras dormía, su mujer le consoló diciendo que solo eran malos sueños, pero él insistía que Dios deseaba hablarle.
Cansado de una noche aciaga, cuando el sol aún no había salido, preparó lo necesario para su viaje, tardaría tres días en llegar, más los que fueran necesarios para su misión y otros tres para regresar. Tomó sus dos animales y les cargó con todo lo que usaría incluyendo la comida. 
Emprendió el viaje al templo de piedra en medio del desierto. 
Sentía en su corazón que era importante lo que haría y en el camino fue preparando su cuerpo y alma para recibir instrucciones, ayunó.
En la entrada del templo se descalzó, cubrió su cabeza con un paño nuevo, lavo su cara y manos y se dirigió al altar de Dios.
Allí encendió las hojas trituradas, mezcló con aceite consagrado y les prendió fuego hasta que un denso humo aromático cubrió todo el recinto. Se postró ante Dios y le invocó para conocer su voluntad.
Dios le habló.
- Ve y advierte a la gente que el camino del desierto es mejor que el de los vergeles, cómodos y sombreados.
Entonces Dios le mostró las consecuencias de una y otra decisión. Él azorado por la visión del camino del vergel fresco y abundante en delicias, se perturbó de tal manera que creyó enloquecer.
Se marcó del templo con un pesar muy grande y con la firme determinación de hacer el llamado a la reflexión.
Al llegar pidió una audiencia con su Rey y el concilio de Sumos Sacerdotes, ante ellos expuso lo que Dios le dijese y le mostrase. Sin pruebas más que sus palabras y su capacidad de transmitir lo visto, el Rey le mandó a destierro y le quitó sus nombramientos. 
Murió en el exilio jurando que su visión era verdadera; sus noches fueron pacíficas y nunca tuvo pesadillas hasta que se fue a la tierra de los inmortales.


Tuvo varios sueños que le alteraron en sumo grado, escuchaba que Dios le llamaba y le decía que le mostraría las consecuencias de las decisiones tomadas.
Sin haber descansado correctamente, con un pesar en su consciencia, se levantó pronto esa mañana. El sol no había salido y el parque de su residencia se veía solo en la gama de los grises y negros. 
Se acicaló, preparó su ropa ceremonial, besó a su mujer y se puso en camino al templo de la manzana siguiente, vivía muy cerca, tanto que este era la prolongación de su hogar.
Entró a la sala de los lavabos, se higienizó nuevamente, vistió las ropas ceremoniales y con paso firme fue a la primera sesión sagrada de la mañana. Luego se retiró a la sala de revelaciones, allí hinco sus rodillas envejecidas sobre un cojín blanco. 
Imploró a Dios que le hablase.
- Ve y diles a los líderes de las naciones, a sus gentes, proclama en todo lugar que la senda del sacrificio y el trabajo es mejor que la de la comodidad y el ocio, esta es la última revelación que hago.
Salió del templo con una angustiosa sensación de asistir a la última oportunidad. Citó desde su oficina a todo el conjunto de Sumos Sacerdotes y les mandó a proclamar la visión que había tenido. El conjunto de sacerdotes obedecieron y declararon la visión recibida. 
Él pidió la palabra en la reunión de Líderes Mundiales y les explicó con sus palabras, la visión que tuvo, más la advertencia de Dios-
Al terminar la mayoría volvió a tratar los temas urgentes de las guerras planteadas, unos se preocuparon un poco por sus palabras y unos en minoría pidieron saber más, pero no había otra que la revelación dada.
Murió convencido que su comunicación con Dios fue verdadera y su familia fue la única que le creyó.


Se despertó en medio de la noche. Un sueño reiterativo le daba vueltas por la cabeza. Se levantó y fue a dar un paseo por el amplio salón de su residencia en las montañas. El paisaje era sobrecogedor; las cumbres mostraban sus despeñaderos sin nieve de otras épocas, y la vegetación rala iba ganando altura.
Meditó sobre su sueño.
Preparó la maleta con sus ropas sacras.
Se subió al vehículo con su chofer y se encaminó al aeropuerto cercano; allí abordó su nave privada y sentado en su mullido sillón blanco, volvió a meditar sobre lo ocurrido.
Arribó al templo a los 20 minutos, se descalzó, lavó sus manos y fue ungido por el aceite aromático y consagrado para las ocasiones de revelación.
Se dirigió al salón blanco de las comunicaciones con los cielos. Se arrodilló ante el altar, oró.
Dios se le presentó como palabras que resonaban en todo el sitio. Escuchó.
- Levántate y preparate. El camino elegido por la humanidad de comodidad, ocio, mínimo esfuerzo y lascivia ha llegado a su fin. Ve y di tu último discurso. Diles que su elección dentro de sus libertades, les ha llevado a las consecuencias previstas.
Salió del templo con la convicción que da el haber sido fiel a su mayordomía. 
El vehículo le llevó al medio del desierto. Se adentró solo en un paraje agreste y primitivo, hasta que divisó la caverna tapada por los espinos y los retorcidos troncos de antiquísimas plantas. Entró en ella y buscó el altar levantado hacía milenios, se postró ante él.
Una ola cálida le llegó por sus espaldas, sintió que le quemaba la piel, penetraba en su carne y calcinaba sus huesos.


Cuando la llamarada le abrasó, dijo:
- Perdón, no te escuchamos, ya es tarde. ¿Hay algo que pueda hacer?
- Sí.
- Dime que es, lo haré sin desobedecerte.
- Apaga la calefacción, no soporto el calor. Y tráeme una coca cola que tengo sed.



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