Silencio



Somos esencialmente seres sociales, de eso no hay dudas.
Necesitamos comunicarnos y en ello se basa esa sociabilidad que tanto nos apasiona y a la que dedicamos gran parte del tiempo en que estamos despiertos.
En nuestros hogares, en el transporte, en el trabajo, en el momento de ocio, cuando nos preparamos para el descanso, en todo momento deseamos tener un contacto con otro ser similar a nosotros para entablar una relación social, es inherente a nuestra naturaleza y por ello conformamos sociedades, grupos compactos donde los individualismos los canjeamos por el agradable sentido de pertenencia.
Coqueteamos constantemente para agradar a quien tenemos al lado mendigando su atención, lo hacemos con el aspecto físico, los ademanes, la vestimenta, la adquisición de conocimientos, el modus vivendi, los adornos, el coche que compramos, la casa que tenemos, el viaje que hacemos y todo aquello que exteriorizamos.
Estamos de romance con los demás de modo permanente.
Sin embargo somos capaces de añorar el silencio.
Si en medio de una fiesta donde una orquesta toca una melodía vivaz, ciento y pico de personas hablan entre sí intentando comprender lo que dice la otra por encima de la música y las voces de los demás, el continuo tintinear de platos y copas, el abrir y cerrar de puertas, el taconeo de los pasos de las mujeres, los bocinazos de la calle cercana y algún avión que surca el cielo, si en medio de este batifondo infernal nos dicen que nos llevan a un bucólico prado verde donde solo se oye el piar de dos pájaros, iremos contentos y rápido; tal vez deshonrando cínicamente la premisa de ser socialmente correcto.



¿Por qué lo hacemos si era lo que deseábamos tanto, el estar relacionándonos a pleno?
¿Es que hay un límite para las apetencias sociales?
No. Simplemente porque somos ambivalentes.
El ser humano es insoportablemente dual. Inconformista a toda vela, que cuando tiene lo que tanto ha deseado, se inclina por dejarse seducir por las antípodas.
Ese vaivén que aplica a su vida es lo que hace que pierda tiempo que no recuperará jamás; tiempo en indecisiones o en malas decisiones buscando satisfacer su otra mitad.
Es racional e irracional al mismo tiempo. Se conduce de acuerdo a su dualidad de creativo y lógico; en esa lucha cerebral entre sus dos hemisferios la sufren sus actos posteriores que se hacen visibles a veces con mayor notoriedad, cuando sobretodo se llega a determinados límites en los estímulos externos.
A esto le llamamos estrés.
Y un médico dirá que ante un estado de este tipo, deberías tomarte un tiempo de relajación, en un lugar con silencios prolongados, en lo posible aislado, con casi ningún contacto externo, tranquilo sin que haya excitación que te moleste y te devuelva a esos estímulos que te han puesto de tal modo.
Aislado, tranquilo, sin relacionarte, en silencio, todo lo contrario a lo que pide tu “ser social”.
Es aquí donde me pregunto, ¿realmente somos seres sociales? o ¿esto ha sido una imposición externa?
Y voy a imaginar. Lo aclaro porque no pasa de ser una simple teorización de una ocurrencia al pasar.
Si el ser humano, cuando comenzó a caminar sobre esta roca con mucho mar que llamamos Tierra, no hubiese temido tanto a las fuerzas naturales como el rayo, los truenos, los volcanes y terremotos; si no hubiese desarrollado temor por los animales enormes y en su lugar se hubiese adaptado sin la necesidad que la noradrenalina, la adrenalina y la dopamina estuviesen circulando por su sangre como un río desbordado, manteniéndolo en alerta constante, tal vez no habría pasado por la necesidad de agruparse para defenderse. Sus relaciones con otros pasarían por otro camino mucho menos tortuoso que el de estar agradando para pertenecer.
Y el silencio no sería una cura o una alternativa a los excesos de sus relaciones sociales, sino parte de su constante vida. La misma sociedad no sería un conglomerado de viviendas, unas encima de otras todas apretujadas y fundidas entre sí, sino una llana planicie de armoniosa individualidad.
Parece simple darle a tres hormonas la culpa de ser una sociedad compleja, acomplejada y ruidosa, pero resulta que estas tres son las que motivan la aparición del miedo y este es el que nos hace resguardarnos de los peligros que nosotros mismos creamos. El delito en sí mismo es producto de un estado de miedo subdesarrollado que finaliza creando un código moral distinto ante el que nos defendemos produciendo más hormonas, cerrando así un círculo como aquel símbolo del Ouroboro, la serpiente que se come la cola.
Si en un comienzo, parte del silencio hubiesen estado los sonidos que nos aterrorizaron luego, el miedo tendría la única tarea de avisarnos cuando nos desviamos de una carretera y podemos caernos a un precipicio, o cuando nos acercamos demasiado a un fuego, o cuando estamos a punto de beber un líquido venenoso; pero solo nos avisaría, no nos haría crecer en nuestro interior fantasmas y monstruos que nos hiciesen construir murallas con puentes levadizos y cocodrilos en el foso.



Ya lo he dicho, es solo mi imaginación; tal vez muy equivocado crea que el miedo sea el culpable que vivamos en una sociedad sin silencios, sin individuos, con personas que se pasan la vida deseando agradar a otros haciendo ruidos con sus exteriorizaciones.
De lo que estoy seguro es que en la guerra entre lo creativo con lo lógico tendría un acuerdo de paz donde no hay miedos.


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