Alerta Sagrada (1ª parte)



Alerta Sagrada (1º Parte)


Como de costumbre cada mediodía me sentaba en una mesa del pequeño bar de tapas; la vista que tenía era la fascinante obra de Gaudí, la Sagrada Familia en plena Barcelona.
Las noticias sobre su finalización en el 2026 no hicieron que el turismo mermara teniendo relativamente cerca tal fecha. Los buses con los contingentes que arreaban como verdaderos lotes de ganado a los extranjeros, no dejaban de llegar desde las diez de la mañana hasta que quedaba el último rayo de luz.
Nada nuevo bajo el sol, miré sin prestar atención, el paisaje era un telón pintado por un hiperrealista.
Mientras esperaba las tres tapas que solía comer, me entraron deseos de orinar; dejé el sol y el aire agradable de la terraza para ir dentro del laberíntico bar en busca del desahogo de la vejiga. El lavabo estaba al fondo, como casi siempre se halla, entre mercadería a medio poner y algunos trastos que no tenían cabida en los fondos.
Un mínimo espacio para poder moverte entre tres paredes, una puerta y el ojo inefable del inodoro. La luz cenital de esas automáticas; la pica para lavar las manos era compartida por ambos aseos en un extraño cuadrilátero que ofendía las normas de diseño y buenas prácticas de la arquitectura. Me dije para mis adentros que de alguna manera esa extraña manera de resolver el sitio hacían un homenaje bizarro al Maestro Gaudí.
Puesto a lo que iba, estaba de pie cuando sentí una vibración debajo de mis pies, como si el subterráneo pasara a gran velocidad; luego fue un estremecimiento armónico entre mi cuerpo y el edificio, entonces llegó la onda expansiva que se abría paso entre todo lo que había en su trayecto de horror. La puerta golpeó ni espalda y volvió a cerrarse. El sonido apareció tarde; ensordecedor, terrible, aviso claro y concreto de una explosión de gran magnitud. Mi mente se aturdió por unos instantes, al recuperar mi razonamiento, pensé en salir disparado del cuarto, pero algo hizo que esperara antes que actuar.
Pensé, la explosión no pudo ser en el bar por una bombona de gas, tampoco correspondía a un vehículo estrellado en el frente del local, todo indicaba que era mayor de lo imaginado.
Con el miedo en la sangre, intenté abrir la puerta, pero una seguidilla de explosiones clausuró la salida a medias con restos del mobiliario. El polvillo y el penetrante olor a pólvora mezclado con ácidos y dulces inundaron mi boca y nariz.
Esperé a saber qué ocurría, el silencio tras las explosiones era aterrador, a poco fue superado por un murmullo y luego gritos desesperados de personas tras las puertas del lavabo.
Tras varios intentos de forzar la apertura de la puerta, conseguí salir a gatas entre ruinas y artefactos del bar destrozados; gané la calle y no se veía nada más que la bruma que precede a un derrumbe monumental, allí pasó por mi mente la Sagrada Familia, miré hacia donde estaba la increíble obra y la niebla tapaba todo hasta el mismo cielo, por lo bajo pude ver millones de escombros que iban desde la puerta del bar hasta lo que se suponía era la estructura de la basílica.
Entonces descubrí el horror, cientos de cuerpos deformados, mutilados, aplastados por el derrumbe y las explosiones. Niños, ancianos, adultos, adolescentes, todos grises y rojos, por el material volado y por la sangre que manaba llevándose sus vidas. Una mezcla de olores hizo que tuviese que taparme la nariz y la boca, las vísceras saliendo de los cuerpos, entremezcladas con el cemento y los cristales descoloridos, hacían un amasijo indescriptible, no me atreví a moverme, pensaba que podía estar pisando a un ser humano y el estómago se revolvía, al fin vomité producto de los aromas de la muerte y las escenas de absoluta crueldad. A escasos tres metros, la vista y el razonamiento comenzaban a agudizarse, una cabeza seccionada del cuerpo, yacía con los ojos desorbitados y la carne hinchada, deshilachada, con un turbante negro aun a medio enrollar entre cabellos rizados y negros.
Un torbellino de pasiones se desató en mí. La cabeza inerte tenía sus ojos apuntando a mí directamente. Un estado de enajenación, de furia incontenida, de horror y repudio por la raza humana, prevaleció sobre el buen sentido. La ira de la frustración envolvió todos mis principios humanos y di tres pasos largos. Miré fijo a esos ojos que se abrían desmesuradamente y le di una patada haciéndola volar unos diez metros entre los cuerpos de la calle.
La gente comenzaba a llegar en bandadas y tal si fuesen hormigas enloquecidas a las que les has destruido parte de su hormiguero, deambulaban sin saber qué hacer entre restos de mampostería y humanos, era más lo que comenzaban a estorbar que la ayuda que podían brindar. Una mujer sacando fuerzas de lo imposible, levantó un gran trozo de pared y sacó de entre él, a un niño llorando a mares, no tendría más de 2 años y una herida abierta en el cuero cabelludo bañaba la cara con sangre. La vi alejarse a toda prisa hacia donde se veían las luces amarillas, rojas y azules, que giraban en una danza de locos. Algunos bomberos hacían su aparición, la policía local, los mossos d’esquadra, ambulancias de los diferentes hospitales de la zona iban aparcando y salían de ellas, los auxiliares y médicos a toda prisa perdiéndose en la bruma que persistía en irse, o al menos aplacarse para que se pudiese ver el verdadero derrumbe.
Los gritos iban en aumento, los llamados se multiplicaban por mil, más sirenas se sumaban al caos total, y yo de pie en medio de la calle sin saber qué hacer. Un policía se acercó a mí, posiblemente porque me vio con muy poco polvo en la vestimenta o por pensar que podía ser solo un curioso más, me gritó:
-       ¡Retírese por favor! ¡Acá no hay nada que ver! ¡Apártese de inmediato!
-       Yo… yo estaba en el lavabo del bar, no entiendo que pasó.
-       ¿Qué bar?
-       Éste.- dije señalando con mi mano lo que quedaba del edificio completo.
-       ¿Estaba dentro del bar?
-       Sí señor, en el lavabo.
-       ¿Salió por sus propios medios?- me pareció que dudaba de mi respuesta.
-       Sí señor, estaba meando y oí las explosiones, primero una y luego cuatro más casi al mismo momento.
-       ¿Cuánto tiempo pasó dentro del lavabo hasta que salió?
-       Nada, segundos… no sé, apenas estuve seguro que habían terminado las explosiones.
-       Venga conmigo, vamos a una patrulla.
-       ¿Por qué me lleva?
-       Venga que usted es posiblemente uno de los pocos testigos que encontremos, su declaración puede ser importante.- dijo mientras me arrastraba al coche.
-       ¡Oficial! Tome declaración de este hombre que le traigo, ha sido un testigo involuntario del suceso, tome bien todos los datos. Llévelo a donde dice que estuvo, compruebe su historia y hágase de todos los datos posibles, tal vez sea uno de los pocos testigos directos que encontremos en este desastre.
-       Sí señor comisario, a la orden.
El renovado poeta Virgilio me llevó como si acompañara nuevamente a Dante, a través del auténtico infierno, sorteando nuevamente los destrozados cuerpos, evitando tropezar con algún miembro amputado y sin detenernos por ningún motivo. En más de tres ocasiones escuchamos gritos pidiendo auxilio, pero la orden dada por el comisario era más importante que las vidas que se extinguían por doquier, intenté desviar al oficial para qué ayudáramos y su respuesta fue tajante.
-       No se detenga y sigamos a donde dice que estaba.
Al llegar a los escombros del bar, le indiqué en qué lugar exacto estuve, lo que sentí, oí y percibí con detalles minuciosos, mi memoria guardaba todos y cada uno de los sonidos y olores.
Detrás de la puerta del aseo de mujeres se escuchó una voz apenas audible. Le dije:
-       Mire, me importa una mierda su comisario, allí hay alguien que necesita ayuda.
Le grité con total cabreo por su impasividad. Abrí como pude la puerta y una mujer con un trozo de cristal incrustado en el cráneo, sollozaba en casi silencio. Tenía además de la sangre que la iba cubriendo cabeza y hombros, muestras que habían estado evacuando sus intestinos, con precaución de no agravar su situación la levanté en mis brazos y fui saliendo con el oficial a mis espaldas.
-       ¿Qué pasó? ¿Qué paso hijo? ¿Dónde está mi marido? ¡Mi marido donde está!- la mujer entró en una crisis de ansiedad y desprendiéndose de mis brazos corrió.
-       ¡Alcáncela!- le dije al oficial.- ¡está muy mal herida!
El oficial corrió, consiguió calmarla y llevarla hasta una ambulancia que se aproximaba al desastre. Uno de los médicos saltó del vehículo y la llevó al interior. No volví a saber de ella, pero el hedor de la sangre mezclada con las heces me revolvió nuevamente el estómago y vomité por enésima vez. Me saqué la chaqueta y la tiré.
-       Venga por aquí.- me indicó Virgilio, tal como lo apodé con mi maldito humor negro.
Me ofreció que me sentara en una silla que estaba tirada en medio de la calle entre el polvo que no terminaba de bloquear la visión del sitio. Era como si un velo piadoso se extendiese sobre la tragedia.
Me senté para tomar aliento mientras él llenaba una hoja pre impresa.
-       Tiene que firmar aquí y llene los datos que faltan, domicilio, teléfono, teléfono de su trabajo, firme y lo acompaño a que los sanitarios le revisen.
-       No hace falta que lo hagan, estoy bien, no sufrí nada.
-       Es necesario para que estemos todos tranquilos, puede sentirse mal más tarde por la conmoción. No queremos que tenga un ataque de ansiedad o algo peor.
-       No hace falta, ya le llené los datos y, ¿para qué quieren un testigo?
-       Eso se lo dirá o preguntará al juez si lo citan, por el momento es el único testigo que tenemos. No salga de la ciudad sin avisar.
-       ¡Coño! ¡Es como estar procesado!- dije con enfado.- ni que fuera yo el que colocó las bombas.
-       ¿Quién le ha dicho que fueron bombas?
-       A ver, estúpido no soy, escuché primero una explosión y luego cuatro más que terminaron por tirar abajo el bar, ¿qué otra explicación tengo que tener?
-       Vaya y que lo atiendan, no olvide las recomendaciones que le he hecho, y una última, no haga declaraciones a la prensa, usted por ahora es como si no hubiese estado aquí, es necesario para proteger la investigación, ¿me comprende,
-       Sí, le entiendo, no tenga cuidado con ello, me portaré bien.
Partí de allí hacia afuera del terrible espectáculo, pero al dar cuatro pasos me arrepentí y me dirigí a la basílica, o lo que quedaba de ella.
Una mezcla incomprensible de ira, aturdimiento, sensaciones que iban de lo depresivo a lo euforizante, olores, sabores, sonidos exagerados, todo poblando mi mente y pidiendo a gritos que saliese de ese lugar hacia uno de paz y tranquilidad.


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