Las sentencias genéticas. (microrrelato)



Aquí voy de nuevo, es que a cabezón no me van a ganar. Ya lo decía mi padre:
-Este no me habrá salido muy inteligente, pero perseverante no le gana nadie.-
Sentencia paternal que me maldijo la vida, seguí al pie de la letra su pronóstico y aquí voy otra vez.
Miro a la derecha, luego a la izquierda, ahora hacia adelante y pongo especial atención a la próxima decisión.
No, no le salí muy inteligente, solo aprobé ingeniería aeronaval, me licencié en diseños de avanzada en vehículos espaciales, el doctorado en física fue después y durante mi primer trabajo en la Agencia Aeroespacial.
-Éste no me ha salido como los otros; poca espalda y piernas flacas.-
La otra maldita apreciación de mi progenitor.
Mido 1,87 y mi musculatura es bastante para estar solo 3 horas diarias de ejercicios en el gimnasio de mi casa.
Soy atractivo, por eso me casé con la mejor y bella mujer de la capital.
Y como he dicho, tozudo si le salí al papa. Es la tercera vez que lo hago y voy a por la cuarta. Miro la pista del lateral, está vacía, pero prefiero seguir recto y no hacer un giro que perjudique lo que deseo.
-No, si ya lo digo, no le des un burro que no sabe por dónde subirlo.-
Y es que mi padre fue muy severo conmigo, dicen en la familia que no me esperaba, que vine de regalo, y así fui el último de los seis.
Con 16 años recién cumplidos tuve el honor de aparecer en la revista de ciencias del colegio, con un invento que cuando fui mayor patenté y me dio la primera ganancia importante, de allí en más he patentado una docena de dispositivos que se pusieron en el mercado con un éxito completo. Este hecho ha producido que me independizara antes que mis hermanos y pudiera ayudar en la economía de la familia. Me sentí orgulloso y útil, tal como me enseñaron.
Si en la cuarta no ha salido, iré por la quinta.
-Éste no puede ni con el carro de las mulas acostumbradas al mismo camino todos los días-
Puse empeño, todo el que usé para los estudios y en eso le he tenido que dar la razón a mi padre.
Pero como soy perseverante, allá voy por la quinta vez.
Enciendo la luz de giro izquierda, giro a la derecha, freno de golpe… estoy contra dirección y los coches me pitan mientras los conductores se acuerdan de mi madre como si la conocieran.
Es muy cierto, no he logrado aprender a conducir un coche.
Mejor le dejo el volante a mi mujer, porque a los 72 años ya no hay arreglo posible para mí.
-¿Mi hijo? Un inútil, como ya le digo.-




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