El NoReferido (pequeño homenaje a Ray B.)



Suelo dormir poco, me despierto a las cuatro de la madrugada y ya no puedo conciliar el sueño nuevamente. La rutina que encaro entonces es tomar un poco de aire en la terracita del piso, bajar al patio y luego de haber respirado abundante monóxido de carbono y escaso oxígeno, me voy al cuarto de los ordenadores y escribo.
Sí, ya sabéis, soy escritor.
Cigarro de por medio en la izquierda, abro Word y dejo que las musas elijan un personaje que dictará por horas, su increíble historia.
Esa madrugada no salió de las reglas del último tiempo.
Por la edad, por las enfermedades que me aquejan o por ese vicio adquirido por la abulia de una noche de insomnio, me levanté y fui a la cocina cuya puerta da a la terracilla.
Vivo en un amplio piso que da al patio interno; somos cerca de 140 familias en una manzana de 7 bloques con 6 o 7 plantas con sus respectivos aparcamientos, que forman un anillo rectangular alrededor de un espacio dividido en 14 patios generosos; tanto que en el que corresponde a mi piso, que es un bajo y por lo tanto uno de los privilegiados que lo usan, tengo un enorme olivo, un peral, un pequeño huerto, una piscina de 4X4 m, una caseta con una nevera para los veranos, mi pequeña mesa de trabajos manuales y aun sobra espacio para las diversas plantas que perfuman y adornan. Para acceder a él, hay una escalera metálica con una barandilla en la que suelo apoyarme a observar el imposible horizonte de la comunidad vecinal.
Hay una hora mágica que va desde las 3 y media, hasta las 5 de la mañana; en ese lapso todos descansan y a partir de estas 2 horas, comienzan a despertarse los madrugadores que se preparan para la faena diaria. Escuchas a las 5 y 10 la primera de las alarmas a la que le sigue el encendido de luces, el ruido de la cafetera que bulle para que el despertar sea con el mayor ánimo posible, y pasados los 45 minutos obligatorios, las luces se apagan y se escucha el ronronear del coche que sale rumbo al trabajo.
A este primer vecino, o vecina, le siguen los demás hasta las 8 y media en que prácticamente todos están ya levantados y en pleno movimiento; sacan la ropa de las lavadoras, abren las persianas, acomodan cacharros de la cena anterior, acarician al perro, sacan los canarios al sol y se desperezan con los brazos en alto dando comienzo a un nuevo día.
A esa hora ya he recorrido 2 veces el huerto y molestado a las plantas y babosas, que andan arrastrando sus vientres llenos de la comida nocturna. Mi perro ha salido al patio a hacer sus necesidades biológicas diarias, las que recojo escrupulosamente detrás del can, que me mira cada mañana como preguntando por qué no le dejo hacer su vida.
Esa madrugada la rutina comenzó con el consabido cigarro en la terracilla en plena oscuridad nocturna; salí y me apoyé en la barandilla, me pareció ver un bulto en el descanso de la escalera, pero como mi vista no es de las estándar y me cuesta mucho distinguir algo sin gafas, no le di importancia.
El cigarro se apagó y saqué el mechero para volver a encenderlo; bajo la luz que iluminó el lugar, volví a percatarme de ese bulto extraño. Era esférico y se asemejaba a una pelota de plástico que solemos tener para jugar en la piscina, sin embargo estaba seguro que este año no habíamos comprado ninguna. Pensé que podía ser una que se le hubiese caído a alguno de los niños que viven en los pisos superiores. Me dije para mis adentros:
-       Chicos de mierda, otra vez tirando juguetes al patio. Estoy cansado de recogerles sus cosas, uno de estos días voy a encontrar a uno de ellos aquí.
Abrí la portezuela y fui a levantar la pelota.
-       A ver ahora de quién es esta pelota.- dije en voz baja
La pelota se movió, tembló (si se puede comprender que una pelota tiemble), se movió unos centímetros y una voz dijo:
-       ¡No me rotules por favor! ¡No me rotules!
Asombrado me quedé paralizado mientras intentaba poner razonamiento de por medio; la voz procedía indudablemente de ella, la pelota, pero es imposible que un juguete hable. Me acerqué dando un paso y volví a escuchar:
-       ¡No me toques! Si lo haces me rotularas, ¡y he dicho que no me rotules, por favor!
Mis ojos deben haber salido de las órbitas, tanto por lo asombroso como por intentar ver mejor que era eso. Y como una pelota es imposible que hable, pregunté inocente:
-       ¿Qué eres?
Me sentí ridículo hablándole a un objeto supuestamente inanimado.
-       A ver… ¿quién me habla? No es muy gracioso esto, ¿quién está hablando?
Pregunté levantando mi mirada y paseándola por el entorno. Mi primera idea fue que mi mujer desde la ventana del dormitorio estaba gastándome una broma y la imaginé tronchándose de risa. Giré mi cabeza para mirar hacia la ventana del dormitorio y en ese momento, el objeto se movió y rodó escaleras abajo.
-       ¡Coño! ¿qué mierda es esto?- exclamé
-       ¡No me rotules, ya te lo he dicho!
Ahora la voz procedía del final de la escalera donde veía con cierta claridad a la esfera oscura sobre el suelo blanco del patio.
Bajé unos peldaños sin quitar la vista de la supuesta pelota.
Quedé a solo dos escalones. La voz, que ya claramente salía de él, me dijo:
-       Te dije que no me rotules, te lo he pedido por favor ¿qué más quieres que haga?
Por más que me resistía a seguir pareciendo ridículo, le contesté sin moverme y confieso que algo asustado:
-       ¿Qué eres?
-       Un NoReferido.
-       ¿Un qué?
-       Un NoReferido idiota
-       ¿Un NoReferido idiota?
-       Lo de idiota está demás, me dirigía a tu condición.
-       ¿La de idiota?
-       Sí, idiota.
-       ¡Oye! No me insultes pedazo de… cosa.
-       ¡No! ¡No me rotules!
-       ¿Qué coño quieres decir con lo de rotular?
-       Eso idiota, que no me rotules. ¿no comprendes?
-       No.
-       ¿Qué es lo que no entiendes?
-       Todo.
-       Eso es mucho. Empieza por lo simple y puede que vayamos a lo más complejo.
-       Yo estoy loco, ¿cómo puedo estar hablando con una pelota?
-       ¡No! ¡No por favor! ¡No vuelvas a hacerlo más!
-       ¿Qué cosa?
-       ¡Rotularme idiota!
-       Y sigues insultando.
-       No te insulto, solo te rotulo de acuerdo a tu capacidad neurointelectual que muestras como identidad.
-       ¡Hala! ¡Ahora tengo que hablar con un psicólogo! ¡No, si lo que falta es que seas argentino, o argentina!
-       ¡Noooo!... ¡Y lo hiciste idiota!
En ese momento se transformó.
Sí, tal cual lo digo, se transformó en la psicóloga argentina que supo visitarme por un problema que no viene al caso mencionar. Era ella, Mónica Fernández, la recordaba bien, y también su voz simulada para producir el acercamiento paciente-médico que ya conocía.
Me entró miedo, no voy a negarlo a esta edad, me cagué.
-       ¡Mira lo que has hecho idiota!
-       A ver… no sé qué hace aquí, quién es en realidad y si esto es producto de las pastillas de mierda que tomo, pero en primer lugar no pude estar hablando con una cosa esférica…
En ese momento dejó de ser Mónica y se transformó en lo que era al principio.
-       ¡Otra vez! ¿Te he dicho que no me rotules? ¡No lo hagas, ahora déjame tal como estoy!
-       ¿Y Mónica Fernández, qué se hizo?
-       ¡Nooo! ¡De nuevo idiota! ¡No!
Mónica volvió a formarse a partir de la cosa.
-       Ahora ya sé que estoy loco.
-       No estás loco, solo que eres lo que dice tu etiqueta, eres un idiota.
Pensé.
Tres palabras se cruzaron en mi mente con destellos diciéndome que les prestara atención: idiota, etiqueta y rotular.
Idiota lo reiteró casi cada vez que habló.
Etiqueta es una manera de rotular.
Rotular es etiquetar, colocar una referencia, darle un nombre, identificarlo con algo que guardo en mi memoria como referente de lo que veo. Referente, NoReferido, es una cosa que no tiene referencia, que está sin identificar, que tiene la posibilidad, de acuerdo a lo que yo interprete, a ser o transformarse en aquello que yo identifico como tal…
Mi cabeza razonaba a toda velocidad y el miedo inicial se disipaba ante mi actitud de hallar una explicación a lo que sucedía ante mí.
-       No me mires así, idiota.
Le iré preguntado sin referirlo, a ver si tengo razón.
-       En primer lugar, sí que soy un idiota, dime cómo te has dado cuenta.
-       Porque lo sois, todos aquí son idiotas, lo llevan en la etiqueta.
-       ¿Qué etiqueta?
-       La que lleváis puesta en la cabeza, allí donde es bien visible. Dice IDIOTA, bien claro.
-       ¿Aquí llevo una etiqueta?- dije tocándome la frente.
-       No, más arriba, fuera de esa bola de hueso que tenéis puesta y que llamáis cabeza.
-       ¿Aquí?- señalé la coronilla.
-       Sí, allí.
-       Creía que llevábamos una aureola, o el aura, yo que sé.
-       El aura…. ¡Ja! Allí tienes la etiqueta, el aura se ve en el tercer cerebro.
-       ¿Dónde?
-       En el tercer cerebro, ese que tenéis en medio del cuerpo.
-       ¿Aquí?- dije tocando mi pecho.
-       ¡No idiota! Más abajo.
-       ¿Aquí?- ahora me tocaba la tripa.
-       Sí, allí mismo, tú la tienes azul.
-       Así que ves mi etiqueta y el aura, ¿ves algo más?
-       Sí, la neuroenergía, la emoción transgeneracional, la capacidad intelectual, el desarrollo de tu almacén paradigmático, y varias cosas más.
-       ¡Qué interesante!... y ¿qué forma tengo?
-       La tuya.
-       Sí, claro que no tendré la del vecino, digo qué o cómo me ves.
-       Como lo que eres, una forma de carbono con las etiquetas y señales identificadoras que todos tenemos.
-       ¿Ves el futuro?
-       Eres un idiota.
-       ¡Ah! Ya veo que no. y dime NoReferido…
Fue mencionarle y su forma regreso a ser la que conocí en un principio. Mónica ya no estaba ante mí.
-       ¡Gracias!
-       ¿Por qué?
-       Por devolverme la forma original.
-       ¡Ah! ¡Mira tú! Así que eres una…
-       ¡No lo vuelvas a decir!
-       Pierde cuidado, seré idiota según mi etiqueta, pero sé cuándo meto la pata.
-       No lo parece.
-       Sí y no me contradigas. ¿Puedo hacerte unas preguntas?
-       Siempre y cuando no me refieras, todo bien.
-       ¿De dónde vienes?
-       De allá.
-       ¿Y eso dónde queda?- dije sin comprender que era allá.
-       Tras la membrana de este universo.
-       Allí ¿son todos cómo tú?
-       Si, y muy felices que somos.
-       ¿Y qué haces aquí?
-       Me caí, fui atrapado por la FF.
-       ¿Qué es la FF?
-       La FF, fuerza fuerte… ¡Ah! Perdón, la fuerza de la gravedad, ustedes etiquetan de otra manera.
-       Sí, a la gravedad la llamamos gravedad.
-       Albert no la llamaba así, pero vale.
-       ¿Y hacia dónde ibas cuándo te caíste?
-       Iba para allá.
-       ¡Ah!
-       Sí, no entiendes nada. Ni que es allí o allá, eso porque etiquetan diferente.
Escuché un ruido a mis espaldas y tras eso a mi mujer que decía:
-       ¿Qué haces allí con esa pelota?
-       ¡No!- grité yo.
-       ¡No!- gritó la cosa.
-       ¡Hostias santas!- gritó mi mujer.
Imaginando el desastre que sucedería, me giré para ver a la cosa.

Una enorme hostia yacía en el suelo.


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